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miércoles, 20 de agosto de 2014

Reflexiones playeras

¡Buenos días a todos de nuevo!
El blog se ha quedado de vacaciones algunas semanas más que yo, ya que he estado dedicada a poner en orden algunas cosas de mi cabeza y de mi vida 1.0, y con esto la inspiración ha estado también a la fuga.
A la fuga, pero yo corro más, así que ya estamos de vuelta. Durante todas estas semanas ha estado rondando por mi cabeza esta entrada que ahora escribo, en la que os quiero contar ideas, pensamientos que he ido atesorando durante mis muchos y largos paseos por la playa.
Me gusta andar, los que me conocen saben que soy una andarina habitual aunque confieso que he dejado de monitorizar, y debería volver a hacerlo porque es motivador. Y andar por la playa lo hace doblemente placentero. Durante esos paseos ha lugar a observar a nuestro alrededor. No sólo el mar, las gaviotas, el paisaje del pinar protegido, sino las personas.
La playa va cambiando conforme avanzan las horas. Si sales bien temprano, sólo encuentras a los que pasean a sus perros y a los muchos deportistas, todos sorteando las máquinas y el personal de mantenimiento municipal de la playas y el paseo marítimo. Andarines, corredores, ciclistas, la mayoría; los menos, haciendo katas de alguna disciplina de artes marciales, o ejercicios de resistencia. Los andarines van a buen paso, los corredores tienen buena técnica, y se los ve mayoritariamente muy bien equipados de ropa deportiva y dispositivos de monitorización.
Los hay de todas las edades, y confieso que me resultan más admirables los niños que aceptan levantarse temprano para hacer deporte, y las personas mayores que superan sus dificultades físicas para mantenerse en forma.
A media mañana va apretando el calor, y ya no es hora de ejercicio intenso. Los deportistas escasean, y son sustituidos por los turistas, y veraneantes. Muchos pasean por la orilla, otros se van distribuyendo por la arena. Y yo los miro.
Miro a los paseantes, y pocos de ellos llevan un ritmo como para poder llamarlo deporte. Y me pregunto si ellos creen que están haciendo deporte, si se han informado sobre cómo hacer ejercicio; o si a la contra, simplemente están dando un placentero paseo. Recuerdo a mis pacientes paseantes, y cómo algunos se sorprendían cuando les preguntaba cuánto recorrían y la duración de sus paseos, para aproximar la velocidad; mientras otros me sorprendían a mí enseñándome sus aplicaciones de monitorización en el móvil, incluso algún monitor de frecuencia cardiaca. Si es que los setentañeros de la sierra están de los más “in”…
Los hombres mayores tienden a caminar solos o en pareja, y las mujeres con amigas o en pareja. Me resulta curioso. Me pregunto cuántos de esos hombres han sido andarines desde siempre, y cuántos de ellos han comenzado a andar después de sufrir un evento cardiovascular. Se va formando en mi cabeza la idea del paseo en prevención primaria y en prevención secundaria.
He observado la diferencia del brillo satinado del que lleva actualizada su protección solar. Con satisfacción de que la mayoría de las personas la usan, con el desespero de que no se vuelve a aplicar conforme avanza la jornada. Mamás que embadurnan a sus niños hasta que parecen muñecos de nieve, pero luego ellas no se ponen protección solar. Sin valor estadístico, y sin querer generalizar, observo que a los pelirrojos es a los que menos les brilla el protector solar en la piel, siendo como es una piel de alto riesgo.
Pienso que aún no lo estamos haciendo suficientemente bien en cuanto a prevención y cuidados de la piel.
Veo a una embarazada untándose la enorme barriga con aceite de bebés, y me entran ganas de correr hacia ella gritando ¡insensata!…pero me contengo. Está bien que a mi edad empiece a aprender a contenerme.
Veo como con los cambios de quincena las historias se repiten…definitivamente, no lo estamos haciendo bien.
Veo abuelos cuidando a sus nietos pequeños: los vigilan en la orilla mientras se bañan, juegan con ellos a las palas, y hacen castillos. Veo abuelas que, además, embadurnan de blanco a los niños con crema y les dicen que se bañen pero que el agua no les cubra más que a medio muslo. Lo que me hace sonreir recordando mi propia infancia…
Y veo nietos mayores cuidando a sus abuelos. Los acompañan bajo la sombrilla estratégicamente orientada para que no se quemen , les ofrecen su brazo mientras se acercan a la orilla para remojarse, les traen agua fresca del chiringuito. Algunos tienen suerte de tener un nieto lo bastante fuerte como para cargarlos en peso hasta meterlos en el agua y darse un auténtico baño con pelo y todo. Me parece muy emotiva la dedicación de esos jóvenes a sus mayores, que no todos y no siempre andan con los amigos y de botellón.
Veo algunas personas con graves minusvalías físicas, ante las que no se rinden y a pesar de las dificultades buscan la manera de poder disfrutar de la playa. Con lo difícil que es rodar sobre la arena, andar con muletas por la arena. O siendo ciegos. Admiro su espíritu de superación, de corazón.
Siempre me ha gustado jugar a inventarme la historia de los desconocidos que veo desde la distancia. Una mezcla de imaginación e interpretación del lenguaje corporal. Veo parejas que se sonríen y charlan entre ellos, o hacen crucigramas a medias, juegan a algo como parchís y eso sobre una tumbona. Sus sillas tienen una orientación convergente, o paralela en el peor de los casos. Y veo otras que sus sillas divergentes hablan por ellos, ya que ellos no lo hacen y probablemente no lo harán en el resto del día, salvo para acordar recoger y subir a comer. Si uno lee, el otro dormita; uno al sol, otro a la sombra; a veces una silla vacía dice mucho, una vez tras otra. Silencios playeros en unos días que sólo les recuerda lo que les separa y diferencia, y dicen las estadísticas que algunos de ellos no se comerán juntos el turrón.
Veo muchos lectores, muchos. Más mujeres que hombres, hay que decirlo. Lectores de libros, no de periódicos o revistas, me refiero. Y libros de papel, pero muchos más libros electrónicos que en los años pasados. La tecnología ha llegado a la playa para quedarse, los móviles también están presentes, pero la verdad, menos de lo que creí. Al menos no parecen tener a la población playera alienada y ausente de sus semejantes. Me pregunto cuántos de ellos están geolocalizados en redes sociales, publicando fotos de sus hijos en bañador o “avisando” a los cacos del día que vuelven a casa porque se acaban las vacaciones; cuántos de los chicos de las pandillas se han conocido por internet, cuántos dejan público su número de teléfono para socializar por whatsapp sin pensar que a la vez se están exponiendo a cualquier desaprensivo que, con suerte, sólo quiera gastarle una mala jugada aunque lo que se merezcan, por temerarios, sea que les den un buen susto que les valga de escarmiento.
Pero algunas cosas no cambian, como la megafonía llamando a los familiares de los niños perdidos, dando la hora y los avisos de bandera amarilla.
Personalmente, me encanta la playa. Y las personas.
Y creo que, de todas estas cosas que he visto en la playa, podremos ir hablando en las entradas sucesivas. ¿Os parece?